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Cuando el representante es el problema del representado

 

 

El rugido de Muckraker

 

 

El principal motivo por el que yo entré en política en las elecciones locales de 2011 era porque consideraba la política como una herramienta desde la cual ponía toda mi experiencia adquirida en años de trabajos knowledge-intensive y mis muchas ganas en aras a la búsqueda del bien común de una sociedad como era la de Boadilla del Monte en Madrid, donde vivía entonces, en cuyas listas fui y estuve a un paso de salir como concejal.

 

 

Con ello conseguía volver a mis raíces de adolescente y joven, cuando el voluntariado era mi salida natural favorita en el tiempo que no me robaban los estudios y el deporte, Calcuta (India) y Honduras como referencias transformadoras que recuerdo con cariño.

 

 

Posteriormente, motivos profesionales me hicieron abandonar el barco de la política estando muy agradecido a los que en su día confiaron en mi y con los que hoy todavía guardo una estupenda relación.

 

 

Traigo a colación aquí mi experiencia personal en política en una semana en la que hemos podido comprobar como el pactómetro surgido a la raíz de las últimas elecciones locales y autonómicas ha derivado en una guerra de egos, en las que dos partidos prefieren quedarse ciegos con tal de dejar tuerto al otro.

 

 

Murcia y Madrid como ejemplo, donde anclados en posturas extremas que llevan a tal absurdo como no querer salir en una foto junto al otro, como si la política tratara de poner cordones sanitarios (término muy de moda ahora), de llevar órdagos a sus extremos en lugar de hacer política pensando en el bien común, en el ciudadano que les votó como último beneficiado de sus actos. Yo de verdad no salgo de mi asombro y, como yo, la mayor parte de los ciudadanos, incluso los propios votantes de esos partidos que no entienden que alguien que se dedique a hacer política esté pensando más en su beneficio partidista o rédito electoral futuro que en los problemas de los ciudadanos de hoy y de ahora.

 

 

El ciudadano, que comete errores por ignorancia pero que tonto no es (aunque algunos se empeñen en hacérnoslo creer), se subleva y aumenta aún más su desapego a la clase política por episodios como estos. Como muestra de ello es el último barómetro del CIS de Tezanos, donde la política y los políticos son el segundo problema para los españoles solo por detrás del paro: lo cita como preocupación el 32,1%, cuatro puntos más que hace un mes. Este dato es además el más alto de la serie histórica. Mmmmm, no hace falta ser muy listo para saber hacia donde van los tiros. Yo si fuera político me preocuparía enormemente.

 

 

Mucho tienen que cambiar las cosas para que el representante deje de ser el problema del representado. ¡Manda collons! (con perdón), que diría un conocido mío. 

 

 

Y te preguntarás: ¿qué tiene que ver todo esto con el mundo de los impuestos?

 

 

Pues precisamente porque el Gobierno de España y sus ministros tienen conferida la representación de todos los españoles o, lo que es lo mismo, deben gobernar buscando el bien país, no el bien particular de unas clases concretas. Se gobierna por y para todos. Es decir, el presidente del Gobierno no solo representa a los votantes de su partido, como sería el caso de los diputados, sino que representa a todo un país, a todos los ciudadanos de España. E igual ocurre con los ministros.

 

 

Pues bien, la ministra de Hacienda, la Sra. Montero (no confundir la vocal intermedia con su antecesor en el cargo, mi amigo Montoro), lanzó esta semana en la Universidad Menéndez Pelayo una dura crítica al sistema impositivo actual y al sistema de redistribución de la riqueza, atreviéndose a criticar con dureza (lo llamó mantra) la afirmación de que el dinero donde mejor está es en el bolsillo del contribuyenteSus palabras fueron: “no la puedo compartir, ni descubro nada nuevo si digo que nunca se ha demostrado que una bajada de la contribución del ciudadano al sostenimiento de los servicios públicos se traduzca en un estímulo económico”. Y estas palabras, aunque parezca mentira, salen de la boca de la Ministra de Hacienda en funciones y, viendo las encuestas del último barómetro del CIS, probablemente durante algún tiempo más. Glups.

 

 

De forma algo socarrona, yo hubiera puesto en su boca un añadido: “quiero decir, donde mejor está el dinero no es en el bolsillo del contribuyente...(pausa) sino en el bolsillo del político. Que luego ya, si eso, vemos qué hacemos; si lo metemos en Andorra, Suiza, Caimán o Panamá (ah, no, Panamá no, que sus profesionales son un coladero para los hackers - Panama Papers-) o directamente al colchón hasta que venga la UDEF a encontrarlo”.

 

 

Nadie critica a la Ministra porque el actual sistema fiscal es manifiestamente mejorable y es por todos aceptado que la redistribución de la riqueza ayudando a los más desfavorecidos es el obligado camino a seguir en una sociedad civilizada. Lo que se la critica es por el cómo. No con más subidas de impuestos y no con más presión fiscal. Léase Andalucía pre-Bonilla. Sí con incentivos fiscales para estimular la economía y crear riqueza. Léase Madrid. Juzga tú mismo sobre la coherencia de la Ministra. Quizá le vendrían bien unas clases de economía de su colega Jordi Sevilla (las que se le olvidó darle a Zapatero) donde le haga saber, por ejemplo, el estudio publicado por el BCE en 2011 sobre 108 países en el período 1970-2008, que concluye taxativamente que “existe un significativo efecto negativo del tamaño del Estado en el crecimiento económico”. Ya lo explicaba Santo Tomás de Aquino, ni más ni menos que hace 800 años, porque “cada uno es más solícito en gestionar aquello que con exclusividad le pertenece que lo que es común a todos, puesto que cada cual, huyendo del trabajo, deja a otros el cuidado de lo que conviene al bien común; segundo, porque se administran más ordenadamente las cosas humanas si a cada uno le incumbe el cuidado de sus propios intereses”. De sentido común, ¿verdad?.

 

 

Yo propongo a los políticos que deberían mirar a los ojos a los ciudadanos, a los más afines y a los menos afines, y entender sus preocupaciones y sus problemas reales. Y escuchar, con toda la dignidad que puedan, cuando les digamos que nuestra preocupación, nuestro problema, son ellos. 

 

   

 Muckraker.-

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