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El asombro

 

El rugido de Muckraker

 

 

Septiembre 2018. Mi hijo Fernando. 1 año y medio de edad. Primera vez que lo llevo al colegio (infantil de primer año). De camino al colegio nos cruzamos con un tren ligero que circula en superficie. Sus ojos se abren que parecen que se les salen de las órbitas, abre la boca y proclama sorprendido: alaaaá, papá, papá: un trren!!!

 

Julio 2019. Mi hijo Fernando, con dos años y medio casi, tras recogerlo el último día de cole, al ver circular un tren a poca distancia del coche donde viaja camino a casa, realiza su habitual ramillete de gestos de sorpresa y dice en voz alta: alaaaá, papá, papá: un trren!!!

 

Y es que todos y cada uno de los días de este curso escolar que acaba de terminar, Fernando se ha cruzado con dos o tres trenes para ir al cole y otros tantos a la vuelta. Y doy fe que con todos y cada uno de ellos ha mostrado su asombro y su sorpresa cuando sus grandes ojitos detectaban el traqueteo de un tren a la vista. Asombro. Sorpresa. Una y otra vez. Varias veces al día. Cientos de veces en un año. Increíble. Como si cada vez que lo viese fuera la primera vez. Maravilloso aprendizaje que me llevo al zurrón. Ese que no enseñan en las escuelas de negocios ni en las universidades de élite.

 

Y la verdad es que es una lástima que esa capacidad de asombro innata en los niños va diluyendo su presencia conforme crecemos y nos adentramos en el mundo de los adultos. No sé el punto exacto en el que lo perdemos del todo. Y ahí se pierde nuestra infancia. Y desde entonces, el asombro es algo que está tan escondido que solo lo podemos sacar con altas dosis de adrenalina, choques emocionales, deportes de riesgo, aventuras con o sin final feliz, sección sucesos de los telediarios y un maremágnum de algoritmos emocionales que hacen del asombro el gran perdedor de nuestro tiempo. Quizá él y la inocencia se fueron juntos por la misma puerta hacia ese lugar donde no llegan ni las redes ni los Likes. Capacidad de asombro: Requiescat in pacem (Catherine L´Ecuyer dixit).

 

Pues en la reciente historia de la Plusvalía Municipal, conocida técnicamente como Impuesto sobre el Incremento de Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana (IIVTNU), ocurre algo tan sumamente inverosímil que ha despertado mi capacidad de asombro tributario.

 

Por referirlo de forma muy simplificada, todo empezó (o terminó) mediante sentencia dictada el 11 de mayo de 2017 (STC 59/2017), por la que el Tribunal Constitucional de mi gran amigo Juan José González Rivas (otra muesca más que se llevará cuando termine su mandato) declaró la inconstitucionalidad y nulidad, entre otros, de los artículos 107.1 y 107.2.a) del texto refundido de la Ley Reguladora de las Haciendas Locales (TRLHL). Los preceptos afectados suministraban a los ayuntamientos las reglas de cálculo de la base imponible de la Plusvalía.

 

Dicha declaración de nulidad no tiene eficacia total, sino “únicamente en la medida [en que los citados artículos] someten a tributación situaciones de inexistencia de incremento de valor”. A tal propósito, el Fundamento 5.c) de la sentencia afirma:“(...) una vez expulsados del ordenamiento jurídico [los artículos cuestionados] debe indicarse que la forma de determinar la existencia o no de un incremento susceptible de ser sometido a tributaciónes algo que solo corresponde al legislador(…) llevando a cabo las modificaciones o adaptaciones pertinentes en el régimen legal del impuesto”.

 

Pues bien, ya han pasado más de dos años desde la referida sentencia que urgía al legislador a regular de forma urgente y perentoria un marco acorde con la nueva realidad legal que ofrezca una solución jurídica a tantas familias empobrecidas por esa suerte de injusticia fiscal en la venta con pérdida de un inmueble. Pues bien, dicha norma duerme el sueño de los justos. Mi querido Montoro me decía que estaba lista para salir pero que el Gobierno que le sucedió lo metió en un cajón para no criar un niño que no había concebido. De locos.

 

Este tema, por los numerosos clientes que tengo afectados, daría que hablar ríos de tinta, pero lo cierto es que a día de hoy se ha anulado la Plusvalía para los casos de ventas de inmuebles con pérdidas pero no se ha regulado ni el cómo, ni el cuándo ni el porqué (que diría la canción). En consecuencia, cada Ayuntamiento opera como mejor le viene en gana. ¿Y el sufrido contribuyente? Silencio, que sus Señorías están de vacaciones, vacatio legis en modo summer time. Asombroso.

 

No quería terminar sin hacerte mención a un video que vi en LinkedIn el pasado lunes de una gran psicóloga, Emma Trilles, a la que he descubierto recientemente pero que de lo poco que le he leído y visto, creo que estamos ante una persona que transmite una energía y unas ganas de VIVIR la vida que vale la pena seguirla entre tanto ruido gris. Es inteligente y sabe muy bien transmitir su mensaje. Y así fue como de forma casual, me llamó la atención su post: hoy no es un día más. Mensaje sencillo, contundente y directo al corazón. Aquí te lo dejo por si lo quieres ver (2:45 sg):https://youtu.be/XXVROhnvwOE

 

Mañana salimos por fin de vacaciones después de tres meses non stop. Y voy a recordar el mensaje de Emma Trilles: mañana no será un día más. Será un día menos. Y lo voy a llenar de pequeños momentos de asombro. Y así mañana, y pasado y al otro. Vamos a hacer de nuestra vida la historia más bella jamás contada. Verás que sí.

 

¡Feliz verano!

 

Muckraker.-

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